Cegó sus ojos, el Juicio Propio

Miguel Angel Fuentes

Necesidad de combatir el juicio propio

San Ignacio habla del “camino incierto y peligroso del propio juicio”.

San Juan de Ávila exigía mucho empeño en purificar el apego al juicio propio en cualquier variante que se presentase; así escribía en su Regla  de espíritu: “Esfuércense mucho en Cristo… a negarse a sí mismos, no sólo en la sensualidad, mas en voluntad, y principalmente el entendimiento; porque éste es el derramasolaces (= aguafiestas), enemigo de la paz, juez de sus mayores, padre de las disensión, enemigo de la obediencia, ídolo puesto en el lugar santo de Dios. Otra y otra vez les encomiendo que lo derriben, y reine Dios por fe en él, muy confiados que lo que sus mayores les mandan es la voluntad del Señor”.

El mismo santo insistía en que, con nuestro propio saber, por más que seamos otro Aristóteles, no alcanzaremos a conocer la sabiduría y espíritu de Dios mientras no neguemos nuestro saber y razón y nos tengamos por ignorantes en todo. En otro lugar: “las experiencias que hemos visto, todas a una boca nos encomiendan que no nos arrimemos a nuestra prudencia, mas que inclinemos nuestra oreja al ajeno consejo”.

En este campo es mucho lo que se juega “porque aunque sea peligrosa la soberbia e inobediencia de la voluntad, que es no querer obedecer a la voluntad ajena, muy más peligrosa es la soberbia del entendimiento, que es, creyendo a su parecer, no sujetarse al ajeno. Porque el soberbio en la voluntad alguna vez obedecerá, pues tiene por mejor el ajeno parecer; mas quien tiene sentado en sí que su parecer es el mejor, ¿quién le curará? ¿Y cómo obedecerá a lo que no tiene por tan bueno?”.

Por esto el libro de los Proverbios manda poner la confianza no en la propia inteligencia sino en la instrucción divina: Confía en Yahveh de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia… No seas sabio a tus propios ojos, teme a Yahveh y apártate del mal (Prov 3,5-7).

Quienes más necesidad tienen de combatir el juicio propio, o al menos de estar más atentos, son lo que se dedican a trabajos intelectuales: “ésta es, dice San Juan de Ávila, una de las grandes guerras y más dificultosas de vencer que tienen los que han estudiado y están vezados a razonar y disputar”. Y especialmente cuando el propio juicio quiere poner tropiezos a la fe. Como escribe el mismo Santo a una mujer con dudas de fe: “Señora, no cure de su propio juicio, sino viva en fe; no escudriñe sino a ojos cerrados fíese de Dios… Conviene al hombre tornarse ciego y más que ciego por seguir a Dios; tornarse necio por seguir al que todo lo sabe. Y la sabiduría de los santos consiste en negar su parecer y su voluntad y seguir a ojos cerrados la de Nuestro Señor”.


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