A cada virtud la sigue e imita otra que no es ella, ni es virtud. Como la osadía parece fortaleza y no lo es, y el desperdiciado no es liberal, aunque lo parece.

— Fray Luis de León

Fiódor Dostoyevski

INTRODUCCIÓN

Hay obras literarias cuyo sentido y alcance no son captados en la época de su publicación, sino largo tiempo después, cuando cambios en el ambiente intelectual o mudanzas en la sensibilidad general actualizan lo que el autor, con genial intuición, puso en ellas y que sus contemporáneos, menos perspicaces, no alcanzaron a penetrar. Así sucedió con la obra presente. Cuando salió a luz en 1846, lectores y críticos vieron en ella un relato en que un tema que les era familiar venía revestido de extravagante singularidad. En todo caso, quedó frustrada la esperanza de Dostoyevski de que esta su segunda novela sirviera para consolidar el renombre que le había procurado la primera, Pobres gentes, publicada también en 1846.

Lo familiar de El doble era la reaparición de uno de los tipos favoritos de Gogol, escritor a quien tanto debe el temprano Dostoyevski en materia de ficciones novelescas: el del funcionario público (chinovnik) de modesta o ínfima categoría que se esfuerza por salvaguardar un mínimo de dignidad y amor propio ante una burocracia que ve en sus servidores sólo un conjunto de nombres y puestos en un desalmado escalafón. El protagonista de El doble, Yakov Petrovich Goliadkin, es ejemplo cabal de ese tipo de funcionario. Consciente de su «grado» (chin) oficial y desdeñoso de las limitaciones que conlleva, aspira a zafarse de ellas en el plano social, sin percatarse de que en el sistema en que vive «persona» y «función» son equivalentes. En el medio social se alcanza el nivel que corresponde al «grado» que se tiene en el escalafón. En alguna medida esta equivalencia es propia de todas las burocracias gubernamentales, y así lo hicieron constar otros maestros del realismo literario como Balzac y Galdós. Pero fue rasgo acentuado de la burocracia que implantó en Rusia Pedro el Grande y que Nicolás I llevó al máximo de mecánica rigidez.

Ahora bien, una vez sentada la coincidencia tipológica con Gogol, las divergencias entre los dos escritores resultaban tan profundas que no podían menos de despistar a aquellos lectores y críticos empeñados en ver en El doble sólo una malograda y aun perversa imitación de Gogol. Aunque ambos escritores hacían hincapié en la deshumanización del chinovnik, Gogol procedía desde fuera, según un método reductivo consistente en tomar la parte por el todo: el personaje gogoliano se fragmenta en nombre cómico, rasgo facial, gesto, muletilla, artículo de vestir, etc., y cada fragmento adquiere sustancialidad tan vigorosa y autónoma que a menudo nos olvidamos de que es sólo un retazo de caracterización que ha venido a suplantar a la caracterización total. Dostoyevski procede a la inversa: su personaje crece y se ensancha desde dentro, según un arbitrio que le empuja a rebasar el cauce del yo convencional y derramarse por su contorno vital, convertido así en aditamento inseparable de la personalidad. Ese arbitrio es la virtud expansiva de la palabra. Desde sus comienzos como escritor, Dostoyevski hace que sus personajes vivan y se desarrollen —también que se destruyan— hablando, consigo mismos o con otros, razonando, delirando, disputando, soñando dormidos o despiertos. Delirando sobre todo en la obra que nos ocupa. Goliadkin, cuyo trastorno mental es evidente desde su primera aparición, se va sumiendo gradualmente en un mundo de su propia hechura, en el que se siente perseguido y acosado por «enemigos» ante quienes se ensoberbece o se humilla para dar al traste con sus aviesos propósitos. Del contraste entre la fantasía demencial de Goliadkin y la realidad presunta deriva la índole grotesca del relato. Y decimos «realidad presunta» porque sólo alcanzamos a entreverla, medio velada como está siempre por las alucinantes interpretaciones del protagonista.


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