Por qué soy católico

Gilbert Keith Chesterton

Introducción

En los primeros meses de 1922, Frances Chesterton advirtió que su marido, Gilbert, se encontraba muy nervioso. Sabía que semejante estado era habitual en él cuando tenía que tomar una gran decisión. En esos días, G. K. C. escribió a su amigo el padre O’Connor:

[…] Le escribo por un motivo muy personal: ¿Dispondría usted de un día festivo a finales de la próxima semana, más o menos, para poder venir al sur y ver nuestra nueva casa, o nuestro viejo estudio? Esto parece una invitación muy brusca, pero debo decirle que le escribo apresuradamente porque me siento preocupado por muchas cosas de las que quisiera hablar con usted; especialmente de las que considero más serias, las religiosas, que tienen que ver con mi situación actual que es bastante difícil. Y esa dificultad es en gran parte, aunque no en toda, por mi culpa. A algunos de estos problemas se les podría llamar deberes, aunque debiera haber aprendido a considerarlos deberes menores. Quiero decir que incluso un pagano, un protestante o un agnóstico podrían disculparme; pero yo no tengo mucho de pagano ni de protestante y ya no puedo disculparme. Hay muchas cosas por las que nunca me disculpé, pero ahora pienso que algunos puntos de vista pudieran considerarse realmente sofistas. De todos modos usted es, de cuantos podrían ayudarme en este caso, la persona por la que tanto Frances como yo sentimos el mayor afecto. ¿Tendría la bondad de decirme si en la fecha propuesta, o incluso más tarde, podríamos disfrutar de su compañía?

El padre O’Connor llegó a Top Meadow el 26 de julio y fue la caja de resonancia de Chesterton. Durante esa semana, Gilbert decidió hacerse católico. El 30 de julio de 1922, oficiando el reverendo Ignatius Rice, se bautizó en la sala de baile del Railway Hotel que se utilizaba como Iglesia católica de Beaconsfield.

Chesterton escribió con respecto a los acontecimientos de ese día:

Cuando me preguntan: «¿Por qué la Iglesia católica?», la respuesta capital, aunque resulte un poco elíptica, es «para liberarme de mis pecados», ya que no existe ninguna otra religión que realmente pueda librar a la persona de sus pecados. Es algo que se ve confirmado por la lógica, cosa que les resulta a muchos muy sorprendente, que la Iglesia establezca que un pecado confesado, y del cual uno se arrepienta como es debido, queda totalmente abolido; y que el pecador puede empezar de nuevo como si jamás hubiera pecado…

En 1926, cuatro años después de su conversión al catolicismo, Chesterton escribió en La Iglesia católica y la conversión que «la Iglesia es una casa con cientos de puertas, y no hay dos hombres que entren en ella por la misma». Hubiera podido decir mil o diez mil, o infinitas puertas, pues la experiencia vivida por cada converso es única. ¿Qué es lo que marca mejor a la Iglesia Universal? Pues que ofrece a toda persona lo que más necesita y que no puede conseguirse en ninguna otra parte.

¿Significa esto que los conversos son personas de una individualidad quisquillosa, que se complacen tan sólo en alimentar sus propios gustos y predilecciones y que no muestran nada en común con todos aquellos que entran por puertas diferentes a la suya? ¿Comparten aquellos que buscan un modelo de moral autoritaria alguna cosa con el resto de los creyentes que reclaman una liturgia mayestática? ¿Se encierran en un silencio distanciador aquellos para los que la fe evoca una respuesta emocional que estremece el alma, aislándose de aquellos otros conversos que llegan a la Iglesia porque ésta logra consagrar su racionalidad? ¿Se apartan quienes admiran al catolicismo por ser el guardián de las tradiciones de aquellos otros nuevos católicos que encuentran en la Iglesia una fuente de renovación? ¿Es la Iglesia una auténtica comunidad de creyentes o, por el contrario, es tan sólo una especie de paraguas bajo el que tratan de guarecerse un conjunto de individuos elitistas?


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