Aurelio Fernández

PRÓLOGO

«Yo no moriré» es un título pretencioso en extremo, pues el dato de la muerte se cumple inexorablemente en cada uno de los humanos: morir es un hecho del cual nadie está exento. Por ello, con mayor realismo, el título de este libro debería ser: «Yo moriré».

Ahora bien, el enunciado de la muerte provoca un tremendo sobresalto, pues el simple aviso de que vamos a morir es una advertencia siempre ingrata que todos deseamos olvidar. Este miedo a la muerte se muestra en la iconografía popular como un arrogante y desafiante esqueleto con guadaña amenazadora al hombro que se escabulle entre la gente segando vidas humanas a su paso.

Esta negra sombra y el miedo que acompañan a la muerte son justificados, pues la muerte, en sí misma, es un enorme mal: «morir» es una catástrofe, significa el final de la vida y con ella se acaba la existencia. Por el contrario, «vivir» es la realidad misma del ser humano: «vida» es la afirmación, «muerte» es la negación; morir es el descalabro sumo y último de una existencia.

Desde el punto de vista cristiano, la «muerte» tiene también una significación negativa, pues, según la Biblia, la muerte entró en la historia de la humanidad como consecuencia del primer pecado (Gn 2, 17), por lo que, en expresión de san Pablo, la muerte es un «enemigo a vencer» (1 Co 15, 26). Consecuentemente, según la fe católica, la muerte es un castigo y se presenta como un destructor intruso que desmorona la existencia temporal del individuo. Estas razones y otras más de índole psicológico y social justifican que la muerte tenga muy mala literatura, por lo que a toda costa se intenta silenciarla.

Por el contrario, el título de este libro, «Yo no moriré», encubre ese fastidio amargo que provoca la muerte. A su vez, el subtítulo, «La vida después de la muerte», abre un amplio y optimista horizonte de futuro al existente humano, de forma que el título y subtítulo enuncian el sentido cristiano de la vida humana: la muerte es, en efecto, el final de la existencia humana, pero tras la muerte se origina una nueva vida.


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