Historias del Norte bravo

Leonardo Castellani

Lector amigo de estas historias del Norte bravo

Estos cuentos desparejos piden prólogo. Dios te ayude a entenderlos si no lo lees. Pero lo leas o no, yo cumplo con escribirlo, pues te debo una explicación por tu peso y cincuenta. Los cuentos no te los cobro, porque nada me costaron. Pero en el prólogo sí que falté gravemente a aquella ley de la preceptiva literaria: No escribas nunca sino lo que se haga en ti sin ti.

Muchas veces tomé la pluma para escribirlo, y muchas la dejé; y estando una vez suspenso, con el papel delante, la estilográfica en ristre, el codo en la mesa y la cabeza en Babia, entró en mala hora un amigo a quien tengo por obligación amor y por deber reverencia, el cual venía a proponerme con gran importancia que escribiese una novela de tesis para demostrar la autenticidad de los cuatro Evangelios. ¿Qué le hubieses tú respondido, lector amigo? Pues eso mismo le respondí yo, aunque en términos menos crudos. Picóse él, y me expresó llanamente su extrañeza de que habiendo recibido yo de Dios «el don de escribir cuentos no lo emplease en defender la Religión». Respondíle que mal andaría la Religión el día que necesitase ser defendida por mis cuentos. Repuso que todo buen cristiano tiene la obligación de defender la Religión con todas sus facultades y más en estos tiempos calamitosos. Repuse que en estos tiempos y en todos, yo era el defendido por la Religión y no al contrario. Mi amigo meditó un instante; y cambiando bruscamente de rumbo, me expresó cortésmente que nunca había entendido del todo a los poetas. Le respondí que yo no era por desgracia poeta. Se comidió a inquirir entonces que por qué escribía cuentos. Le hice saber que porque no podía evitarlo. Retrucó que, dado que eso fuera verdad, lo cual él no entendía cómo pudiera ser, y suponiendo en mí potencias —mediúmnicas— de escritura automática: que al menos el publicarlos o no estaba ciertamente dentro de la esfera de mi libre albedrío; y siendo así, que por qué los publicaba.

Mi amigo es jesuíta, se llama Leonardo L. Castellani, y se las da de filósofo, aunque hasta ahora nadie ha visto del todo claro en qué se basa. Sin embargo su pregunta me hizo cavilar, sobre todo por una breve exhortación adjunta de no proceder como un irresponsable. Me puse pues a cavilar a fondo sobre el fin y la utilidad de estas historias mías, y por ende sobre su origen, pues lo uno no puede saberse sin lo otro.

Con la ayuda de mi amigo, que se dignó prestarme sus instrumentos de introspección, hallé tres capas concéntricas, cada vez más sutiles, de motivación. La primera podría denominarse Recuerdos de infancia, fuertes, recuerdos eruptivos como dice mi amigo que dice Bacon. La segunda sería la percepción en olios de dos o tres grandes leyes que rigen terriblemente la vida del hombre. La tercera sería un embrión de sistema de conocimiento interno y experimental de la Argentina por dentro, a través del conocimiento de una región d’ella, a través del conocimiento de mí mismo.


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