Simón Pedro

Georges Chevrot

Prefacio

He aquí reunidos los principales pasajes evangélicos que ponen a Nuestro Señor y a Simón Pedro en presencia uno de otro.

No creemos que nos darán a conocer en detalle la labor lenta con la que Jesús modeló el alma del Jefe de los Apóstoles. La obra paciente del Maestro sobre sus discípulos se lee en todas las páginas del sagrado texto; se llevó a cabo, sobre todo en el curso de coloquios íntimos que tenía con ellos «por la noche, confidencialmente» (Mt 10, 27).

Sin embargo, la reunión de unos cuantos episodios de estos arroja una viva luz sobre los métodos de educación espiritual familiares al Salvador. Le vemos aprovechar todas las circunstancias para disciplinar el temperamento fogoso de Simón Pedro. Ya reprime duramente sus defectos, ya le da ocasión de desarrollar sus cualidades, unas veces le humilla o le censura, otras le exalta y le anima. Si el arte del Divino Maestro puede servir de modelo a todos los que tienen cura de almas, con mayor razón deberíamos nosotros complacernos en aplicarnos las lecciones que contribuyeron a hacer del pescador de Galilea el auténtico discípulo de Cristo y el modelo de apóstoles.

Aprendiendo en la escuela de Jesucristo al lado de Simón Pedro descubrimos las enseñanzas del Maestro, no menos difíciles, sino más realizables. De buena gana nos reconocemos en la psicología del ardoroso discípulo, ya impulsivo, ya atrevido, ya tímido, siempre amante aún en los desfallecimientos. Pedro es sincero. Su rectitud, franqueza y generosidad se ganan al momento las simpatías. No puede uno por menos de amarle. Y quizá no sean sus imperfecciones las que no le hacen menos amable. ¡Le sentimos tan veraz, tan espontáneo!

Al asemejarnos sus defectos a los nuestros nos sentimos dominados por el deseo de imitar sus virtudes. Una santidad como la suya no repele: nada tiene de mezquino ni de convencional. No es una careta. Pedro posee perfectamente nuestra propia naturaleza, pero la entregó totalmente al Salvador y el amor de Jesucristo lo transformó paulatinamente para elevarle a la santidad. Junto a él no desesperamos de llegar allí también nosotros.

La vocación de Pedro, es verdad, sobrepasa la nuestra. Con él podemos aprender las reglas de la vida cristiana y las tareas apostólicas, mas en la Iglesia él es nuestro jefe. Pues bien: precisamente esas cuantas líneas del Evangelio en las que vislumbramos al futuro vicario de Cristo completan nuestra formación cristiana, estimulando en nuestros corazones las virtudes católicas de confianza, docilidad, adhesión a la Santa Iglesia y su Jefe. ¡Cuántos problemas actuales se resuelven y esclarecen con sólo considerar en el texto evangélico al Llavero del Reino de Dios!


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