Si juzgas a la gente, no tienes tiempo para amarla.

— Santa Teresa de Calcuta

Ronald A. Knox

LA PATERNIDAD DE DIOS

PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

Quiero, en estas cinco veladas de domingo, tratar de hacer algo que tiene cierto carácter de audacia, no porque se haya intentado pocas veces, sino precisamente por lo mucho que anteriormente se ha intentado. Si hay cincuenta y cinco palabras en nuestro lenguaje que sean ampliamente conocidas –me temo que no universalmente conocidas– y recitadas de memoria, son las cincuenta y cinco palabras del padrenuestro. Son el tesoro de miles de seres para quienes el avemaría no es más que un galimatías y el credo una serie de afirmaciones indemostrables. ¿Podremos decir algo que sea interesante acerca de ellas o que merezca la pena? No creo que sea presunción afirmar que sí podemos. Porque, después de todo, el lenguaje humano no es una cosa fija; los matices de su significado, sus asociaciones sutiles, cambian con el curso de los siglos, y una fórmula de oración, por muy sencilla, por muy conocida que sea, necesitará ser interpretada de nuevo de cuando en cuando, si no se quiere perder la riqueza de su contenido. Aquellos bienes y dones que pedimos al rezar nos son enviados por el Padre de las luces; necesitaremos su luz para saber cuál es el valor de dichos dones y con qué espíritu ha de ser pronunciada nuestra plegaria.

Y tal vez ahora más que de costumbre, porque precisamente ahora nos enfrentamos más que en otras ocasiones con un futuro que nos niega la seguridad porque contemplamos ante nosotros un mundo que ha olvidado el vocabulario de la paz. En tiempos como éste no nos contentamos ya con encerrarnos en el círculo de nuestros intereses inmediatos, en ese mundo familiar dominado por nuestro yo, cuyos problemas son tan claros, cuyas luces y sombras se nos manifiestan con tanta viveza. Aquí está lo que nosotros queremos y lo que nos sentará bien, o los cambios de fortuna en la vida de este o aquel amigo que deseamos coincidan con el plan que nuestra fantasía ha trazado para su felicidad: ¡qué fácil es hacer que nuestras oraciones resulten naturales y verdaderas mientras nos limitemos a temas tan sencillos como éstos! Pero cuando se amontonan ante nosotros graves preocupaciones sobre el bienestar general del mundo en que vivimos y clamorosamente interrumpen nuestros momentos de oración, empezamos a perder la confianza en nuestra capacidad para prever los acontecimientos y encontrar una solución a cada uno de los problemas; entonces tenemos una conciencia más clara de que el futuro está en las manos de Dios, no en las nuestras. Y entonces, con sumisa reverencia, vamos ante Nuestro Señor como sus discípulos fueron a Él hace mucho tiempo, y le decimos: «Señor, enséñanos a rezar». Sigamos, pues, paso a paso, la inimitable respuesta que Él nos dio, dispuestos por una vez a aprender y a escuchar.

«Padre nuestro» –el primer esfuerzo que hemos de realizar en nuestra oración es apartarnos de las criaturas y sumergirnos en la Fuente de toda existencia–. Tenemos que humillarnos ante Dios como Padre nuestro; sin su actividad creadora esta cosa que alza su oración no tendría existencia. Pero, además, al crearnos permitió que algo de sí mismo pasara a nosotros; también, pues, en este sentido es nuestro Padre. Hemos sido creados a su imagen, aunque la semejanza sea escasa y la inferioridad escape a todo cálculo; más ciertamente, más representativamente a su imagen que las demás criaturas que con nosotros comparten el mundo; tenemos un entendimiento para conocer a Dios y una voluntad para amarle, y por ello una capacidad para servirle por nuestra libre elección, y no, como aquellas otras criaturas, por la ley inevitable de nuestro ser; al llamarle nuestro Padre, y no simplemente nuestro Creador, reclamamos en nuestra calidad de hombres el privilegio de ser sus hijos. ¡Y con cuánta más confianza nos acercaremos a Él en nuestra calidad de cristianos, incorporados por el bautismo al cuerpo místico de su Hijo: el Espíritu Santo, dentro de nosotros, le está gritando: Abba, Padre3 –lo profundo llama a lo profundo bajo la superficie agitada de nuestra oración–! Y, después, lo mismo que un padre terrenal no se limita a dar vida a sus hijos de una vez, sino que sigue manteniendo en ellos esa vida mediante la provisión de sus necesidades diarias, así el Dios que nos ha creado nos conserva de momento en momento y nos baña, en el orden natural o en el sobrenatural, con los dones por los que nos mantenemos en el orden de su creación, los dones gracias a los cuales vivimos.


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