El don de sanación



Somos cotillas por naturaleza, siempre indagando en la vida de los demás; sin embargo, nos da pereza la introspección personal y no tendemos a conocernos a nosotros mismos para rectificar errores.

— San Agustín

Padre Emiliano Tardif

EL DON DE SANACION

Durante un retiro de fin de semana para 200 latinos en Tucson, Arizona el Señor sano a muchos enfermos, incluso de enfermedades muy importantes, sobre todo de artritis y parálisis. A las dos de la tarde del domingo yo tenía una fiebre muy alta. Me había resfriado y con dificultad alcancé a dar mi último tema. Terminado el retiro tuve que ir a acostarme durante día y medio. Yo decía: “Si el don de sanación fuera para provecho propio, me impondría las manos y me sanaría de una vez para salir de esta cama”. Pero el Señor me enseño nuevamente que no soy yo el que sana sino Él.

Cuéntenos una sanación que le haya traído la atención por algo en particular.

Yo le voy a contar varias que muestran el buen humor de nuestro Dios. En 1984 estaba predicando un retiro en la ciudad de Monterrey. Durante la Eucaristía era muy difícil repartir la Comunión, ya que los pasillos estaban atestados de gente. Ayudado por unos guardianes me encaminé a la parte trasera. Cuando pasaba por en medio de la multitud, y algunas personas me querían tocar y otros hasta me pedían que les hiciera oración en ese momento, yo pensaba: “Pero si Jesús los puede curar, no se para que buscan al Padre Emiliano…”

En medio de tanta gente vi a una señora con ojos llorosos, que llevaba un pequeñito en sus brazos. El niño me miraba con ternura. Yo me acorde de aquel paralítico de la piscina de Bezata (Jn 5), que no podía entrar al agua milagrosa porque no tenía quién le ayudara. Entonces me acerqué al niño y le di un beso. El se sonrió y yo seguí repartiendo la Comunión.

Ordinariamente no doy besos a la hora de repartir la Comunión, pero en ese momento sentí el deseo y lo hice… Al día siguiente la señora se puso de pie en el micrófono delante de toda la multitud, y dijo: “Ayer, a la hora de la Comunión, el Padre Emiliano paso cerca de nosotros. De pronto, se detuvo y le dio un beso a mi hijito, que tiene dos años y estaba completamente sordo. Quiero darle gloria a Dios porque desde ayer mi hijo ha comenzado a escuchar. Dios lo ha sanado. Gloria a Su nombre!”.

A partir de ese momento se me complicó la existencia. Todo mundo quería que lo besara; pero yo les decía: “No, los besos son nada más para los niños. Las señoras vayan a que las bese su esposo”. Sin embargo, la enseñanza fue muy valiosa. Yo no sané a nadie. El beso, por más signo de amor que fuera, no era capaz de sanar ni un dolor de cabeza. Lo que pasó es que llevaba a Jesús en mis manos, y fue Jesús mismo quien sanó a este pequeñito que estaba sordo.

Yo soy simplemente como el burro que lleva a Jesús, y por eso el sigue sanando a los enfermos. Lo peor sería fijarse en el asno y no en el que va montado en sus lomos. El día que seamos conscientes de que somos portadores de Cristo Jesús, ese dia se va a transformar nuestro ministerio; ya no hablaremos tanto de Jesús, sino que le dejaremos actuar con todo su poder.

La forma de sanar de Jesús es tan extraña, que no puedo omitir lo que paso en Monte Maria, donde cada domingo se reúnen más de 50,000 personas para la celebración de la Eucaristía, en donde el Padre Gilberto Gómez hace la oración por los enfermos.

En una de estas celebraciones, el asta de la bandera del Vaticano se cayó y golpeó a una persona que caminaba torcida, tirándola al suelo. Todo el mundo se apenó al ver cómo aquel tubo tan grande y pesado fue a caer precisamente sobre una persona enferma. Para sorpresa de todo mundo, el enfermo se levantó por su propio pie. El tubo le había enderezado la columna. Hasta el día de hoy, camina con normalidad. Los caminos de Dios están cargados de buen humor. A veces Dios nos sana con un beso, a veces con un tubazo.

¿Cual es el principal obstáculo para recibir carismas?

Yo creo que el miedo a perder nuestra reputación. Los carismas son una cruz y muchos no están dispuestos a llevarla. El ejercicio de algunos carismas provoca que muchos nos juzguen locos, que otros se burlen y no pocos nos desprecien o persigan. Mientras no estemos dispuestos a morir a nosotros mismos, aun a costa de nuestros privilegios y renombre, no recibiremos estos carismas.

Recuerdo muy bien a un párroco vecino que se burlaba de los carismáticos, y en sus homilías dominicales aseguraba que los que hablaban en lenguas era porque les faltaban vitaminas… Hay muchos que tienen problemas. No le dan espacio al Espíritu para que se mueva libremente. Lo quieren encajonar en moldes preestablecidos y no lo dejan volar con libertad del viento que sopla como quiere. Los que tienen problemas con sus micrófonos es porque son demasiado cuidadosos de lo que los demás opinen.

Si fuéramos menos celosos de nuestra reputación, estaríamos más abiertos al Espíritu Santo. El miedo a hacer el ridículo nos impide abrirnos a los carismas del Espíritu. Los carismas ciertamente son humillantes. Nos llevan a la cruz.

Por eso muchos les temen y otros los rechazan. Se acaban los horarios de descansos y se recortan las horas de sueño. Por otro lado, la reputación no crece, sino que uno se vuelve blanco de burlas, criticas y sarcasmos… pero en el fondo todo eso se sobrelleva, siempre y cuando no tengan problemas con los micrófonos.

Mucha gente cree que el Padre Emiliano Tardif es un santo, ¿que opina usted?

Yo me río de todo eso. A veces, cuando estoy solo y me voy a acostar en la noche, digo: “Si supieran quien soy yo, se quedarían mas tranquilos”. No he dejado de ser un cura de pueblo en una islita perdida en el Mar Caribe. Nunca puedo pensar que soy más que el burro que lleva a Jesús.

Yo bien se que cuando me visten de reconocimiento y me ponen mantos en el suelo, es porque le dan la bienvenida al Jesús que yo porto. Y cuando ya lo llevé, a mi me regresan otra vez a mi corral; y al retornar, no hay mantos de flores ni reconocimientos: entro en el santuario de mi ser y digo: “¡Señor, qué grande eres tu!”.

Este regreso del burro a su casa es lo que nos mantiene en la humildad. La soledad y el estar frente a frente de Jesús no nos permite engañarnos. Cuando me arrodillo y recito las maravillas de Dios en los Salmos, pienso que si la gente conociera más a Dios, se fijaría menos en nosotros. Mi comunidad sabe que no soy santo, pero que si anhelo llegar a serlo. Es una vocación de todos los bautizados. Pero equivocadamente pensamos que un santo es sólo una persona cuya imagen colocan en un altar o que realiza milagros.

Para mi, ser santo es mucho más que eso: es ser como Jesús. ¿Quien no quiere ser santo? Es más, desde mi bautismo, al ser enraizado en la muerte y resurrección de Cristo Jesús, ya llevo el germen de santidad por el don del Espíritu que me ha sido otorgado gratuitamente, sin ningún mérito de mi parte.

El don de sanación no es signo de santidad, es un don gratuito. Si lo pongo al servicio de los enfermos con paciencia y con amor, puede ayudar a santificarme, porque es puro ejercicio de la caridad, y a veces muy pesado. Un día alguien me dijo: “Emiliano, no te da miedo que la gente te canonice en vida por tanto milagro?”, yo le conteste: “Prefiero que me crean un santo a que me crean un bandolero”.

Y ¿que siente cuando la gente no se sana?

Me da compasión, pero no siento que se les quite nada. Insisto en que Jesús nunca ha dicho que se sanarían todos los enfermos, sino que nos daría signos para acompañar la evangelización. Las curaciones son signos que acompañan el anuncio del Evangelio, pero no es necesario que se sane todo el mundo, para que se crea en la Palabra de Dios.


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