Dios os salve, María, Madre de Dios.

— San Francisco de Asís

Peter Kreeft

Realismo y relativismo

Conviene ante todo aclarar los términos. El título original de la presente obra es A Refutation of Moral Relativism: Interviews with an Absolutist. Por «absolutista» Kreeft no entiende lo que normalmente entendemos: una persona que impone su voluntad sobre los demás. La palabra absolutismo viene del latín absolutum («liberado de»); significa, por tanto, aquello que existe de modo independiente o incondicionado. En contexto gnoseológico, «absoluto» es toda verdad que no está sujeta a las condiciones subjetivas de un individuo —tales como la edad, educación, madurez, estado emocional, experiencias del pasado— ni a los elementos exclusivos de una cultura, sociedad o época histórica.

Las verdades «el fuego quema» y «toda persona tiene derecho a la vida» son absolutas, porque son independientes (liberadas) de las opiniones personales y de los condicionamientos históricos, sociales y culturales. Aunque los hombres las nieguen o las rechacen, esas verdades seguirán siendo verdad: son universales, objetivas, perennes, inmutables. El «absolutista» de Kreeft se identifica con todo aquel que crea que existen verdades independientes del pensar humano: verdades para todos y para siempre.

Dado que el adjetivo absolutista suele identificarse en español con «totalitarista», en la presente traducción hemos preferido cambiarlo por el de «realista». Este último término refleja mejor lo que Kreeft quiere decir: un realista es aquel que admite la capacidad humana de conocer las cosas como son, incluyendo las normas y valores morales. Realista es, en una palabra, aquel que descubre y no inventa la realidad.

El personaje que se opone al absolutista es el relativista. El adjetivo relativo (del latín relatus, «traído de vuelta») se refiere a todo lo que existe o posee una característica sólo en comparación, con referencia a o en conexión con otra cosa. El relativista puro cree que todas las verdades (incluyendo «el fuego quema» y «toda persona tiene derecho a la vida») son —permítaseme el oxímoron— objetivamente subjetivas: dependen por completo de las opiniones personales y de los condicionamientos históricos, sociales y culturales. No valen para todos los hombres ni para todas las épocas, culturas y sociedades. Cada quien y cada grupo social se propone las ideas, los criterios, los valores y las normas que quiere aceptar y poner en práctica. Nadie, pues, tiene el derecho de «imponerlos» a los demás.


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