María Magdalena: icono del discipulado

Antonio Pavía

Prólogo

Búsqueda en la noche

Pocos personajes de la Escritura han sido tan deformados por la religiosidad popular como María Magdalena, a la que muchísima gente, aún hoy día, identifican con la pecadora pública de Lucas que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con sus cabellos (Lc 7,36ss). La verdad es que no hay en los evangelios ningún dato que nos lleve a identificar a María Magdalena con esta mujer, así como tampoco con la adúltera que nos presenta Juan (Jn 8,1ss).

La primera vez que María Magdalena aparece en los evangelios, la vemos junto a otras mujeres acompañando a Jesús y sus discípulos en sus andanzas por Palestina anunciando el Evangelio (Lc 8,1-3). En este pasaje Lucas nos dice que Jesús le había expulsado siete demonios. Esta notificación no tiene ningún valor objetivo para identificarla con la pecadora que había lavado sus pies. Hemos de tener en cuenta que los exegetas entienden la expulsión de los siete demonios de esta mujer desde un punto de vista catequético. Enlazan la acción salvífica de Jesús en ella con la expulsión de las siete naciones que poblaban la tierra prometida, llevada a cabo por Israel mediante la fuerza de Yavé. Conforme Dios iba desalojando a estos pueblos, Israel iba tomando posesión de esta tierra que, como sabemos, es imagen profética del reino de los Cielos.

María Magdalena es, pues, presentada por Lucas como una componente del grupo de discípulos. Hace hincapié en que discípulo es aquel que se deja trabajar por Dios, de forma que pueda limpiar los demonios que habitan en sus interioridades, y lo hace por medio de su Palabra (Jn 15,3). Así, al igual que Israel fue tomando posesión de la tierra prometida conforme Yavé iba expulsando, una tras otra, las siete naciones que la ocupaban (Dt 7,1ss.), así también arroja del corazón del hombre sus innumerables dioses con sus respectivas opresiones (Mc 7,21-22). Solo así podrá habitar en él: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

Hecha esta aclaración, pasamos a decir que la figura de María Magdalena se eleva gigantescamente a la luz de aquella figura enjuta que salió de noche y atravesó Jerusalén para llegar junto al sepulcro de su Señor, tal y como nos narra cada uno de los autores de los evangelios.

A diferencia de los demás evangelistas, Juan nos presenta a esta mujer yendo sola hacia el sepulcro; y añade un dato: antes del amanecer, es decir, en la oscuridad (Jn 20,1). Más allá de buscar divergencias en los autores de los evangelios, hemos de poner nuestra atención en sus intenciones catequéticas. Dicho esto, reconocemos que la intuición de Juan es de un valor incalculable a la hora de verificar la calidad del discipulado. Hay un espacio en el alma de todo buscador de Dios en el que soledad y tinieblas se hermanan como haciendo un frente contra la luz que busca el alma. Soledad y tinieblas que, tal y como veremos en esta mujer, una vez asumidas y enfrentadas, se convierten, quizás a su pesar, en portones que dan paso al encuentro.


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