Los Últimos días de Jesús

Bill O’Reilly

PRÓLOGO
UN MUNDO CAMBIANTE
AÑOS 63–6 A.C. image JUDEA Y GALILEA

El mundo en el que nació Jesús estaba cambiando. Tras años de vida bastante consistente bajo varios ejércitos invasores, los judíos habían sido conquistados por los romanos, quienes habían alterado la vida diaria en Judea y Galilea. Mucho antes de la llegada de los romanos, los babilonios habían invadido en el 598 a.C., seguidos por los persas, los egipcios, y los sirios. En el 63 a.C. los romanos avanzaron lentamente desde sus baluartes en el mar Mediterráneo, sepultando tierras y gentes en su avance.

Y los romanos no se hicieron con el control de la situación pacíficamente. Invadieron pueblos y ciudades, robando tierra con el simple método de ocuparla. Los soldados de los ejércitos imperiales aplastaban a cualquiera que se les enfrentara o se pusiera en su camino, incluso si pertenecían a grupos tradicionalmente considerados a salvo con invasores civilizados: mujeres, ancianos, y niños.

Los conquistados que eran capturados pero no matados durante las invasiones romanas pasaban a ser esclavos. La economía del Imperio Romano dependía de los esclavos para plantar y cosechar lo que necesitaban sus vastos territorios y para trabajar produciendo artefactos como jarras y otros productos de barro. A quienes no habían luchado y vivían en pequeños pueblos como Nazaret se les permitía quedarse a plantar sus tierras y trabajar en los trabajos artesanales que conocían. Sin embargo, el gran cambio consistía en que ahora tenían que acumular dinero en forma de monedas para pagar impuestos a Roma y las tasas del templo a la jerarquía judía en Jerusalén. Durante cientos de años antes de que esto ocurriera, un granjero pagaba una parte de su cosecha como impuesto a sus gobernantes. Trocaba comida por servicios como la reparación de un techo o bienes como un cabrito. Pero la economía de Judea y Galilea había cambiado. Los impuestos y las tasas eran tan altos que alguna gente tenía que cambiar toda su cosecha por monedas y no tenía suficiente comida para alimentarse. La mayoría de la gente sufría en silencio. Unos cuantos valientes (o locos) se atrevían a hablar.


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