La Rosa y El Fuego

Padre Ignacio Larrañaga

El silencio se hizo carne

Pero hubo más, mucho más. Para ponernos en el cabal contexto, comencemos por formular algunas preguntas: ¿por qué a unas personas les cautiva esta música, y a otras las deja frías? ¿Por qué esos individuos quedan extasiados ante tal paisaje y estos otros permanecen indiferentes? Hay quienes dicen: denme comedias y no tragedias; no me hablen de Bach, que me aburre, háblenme de Vivaldi. ¿Por qué estos muchachos deliran por tal cantante popular, mientras aquellos reaccionan con frialdad? Hay creyentes que se exaltan hasta el delirio ante el anuncio de noticias apocalípticas de ciertas apariciones de la Virgen, mientras que otros sienten horror y no quieren ni oír hablar de eso. ¿Qué fuerza magnética estremecía a Domingo de Guzmán al contemplar al Maestro de Galilea y qué conmoción sacudía al pobre de Asís cuando meditaba con lágrimas en los ojos en el Cristo pobre y crucificado? ¿Por qué a unos les seducen unas perspectivas y a otros otras? ¿De qué se trata? ¿De misteriosas concordancias o discordancias interiores que están más allá de cualquier psicoanálisis? Parecen corrientes subterráneas que enlazan y sintonizan determinados polos que vibran en un mismo tono.

Pues bien, en el contexto de esta explicación, en aquella época a la que aludía más arriba, quedé yo como hipnotizado por una serie escalonada de cumbres convergentes que me sedujeron irresistiblemente, cumbres en cuyas cimas se izaban sendas banderas con una palabra en el mástil más alto: silencio. Como lo explicaré, esa palabra despertó en mis últimas latitudes resonancias que todavía siguen en el aire.

La primera cumbre se llama Nazaret. Aquí el silencio se hizo carne y habitó entre nosotros; y ningún vecino de la aldea logró captar ni el mínimo destello de su resplandor.

No disponemos de una documentación fidedigna sobre las fechas exactas del nacimiento y muerte de Jesús.


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