La amistad de Cristo

Robert Hugh Benson

PRÓLOGO

Robert Hugh Benson nació en el Wellington College el 28 de noviembre de 1871. Era el hijo menor de Edward White Benson, entonces arzobispo de Canterbury y una figura extraordinariamente apreciada en la Inglaterra victoriana, que murió cuando Robert, recién ordenado sacerdote de la Iglesia de Inglaterra, tenía 25 años.

Después de servir en distintas parroquias anglicanas, Robert Hugh Benson se sintió atraído por el catolicismo, en cuya Iglesia fue admitido en 1903. Marchó directamente a Roma para prepararse para el sacerdocio y un año después recibía las órdenes sagradas. Debido a su ardiente deseo de ser sacerdote y quizá a causa de su delicada salud, fue dispensado de ciertos estudios habituales en el caso de un converso.

Benson había cursado la carrera en Cambridge y allí volvió para completar sus estudios sacerdotales. En 1908 fue nombrado capellán de la Universidad, pero pronto obtuvo permiso para dejar sus ocupaciones oficiales y dedicarse solamente a la literatura. Y lo hizo apasionadamente. En 1912 publicó tres novelas históricas: By What Authority, Come Back, Come Rope y Lord of the World, a las que siguieron otras, además de la obra poética, el teatro y la literatura espiritual: una enorme producción que sólo pudo detener la muerte del autor en 1914, a los 43 años de edad. La amistad de Cristo es quizá el mejor libro espiritual de Benson, escrito con el calor del íntimo fervor que Evelyn Waugh describía como una constante en la breve vida del joven sacerdote inglés: «Trabajaba sin pensar en la posteridad, como si el día del juicio fuera inminente, prodigando su talento para arrastrar a los que le rodeaban al encuentro definitivo con Cristo».

La amistad de Cristo fue publicado en 1912, con tan extraordinario éxito que alcanzó 12 ediciones. Es un libro religioso en el mejor sentido del término. Está orientado a nutrir, ampliar, enriquecer y profundizar la fe personal. No trata, ni lo intenta, de convertir a los descreídos o de agitar el árbol del racionalismo para hacer caer a ateos y agnósticos. Da por supuestas unas creencias tan firmes y completas como las de su autor e intenta introducir al lector por los caminos interiores que Benson explorara con tan gran provecho como satisfacción.

Este autor, un hombre cultivado, tiene la generosidad de considerar que sus lectores también lo son. Pero instruye sin pedantería, subrayando aspectos significativos de especial interés, como se hace con un buen amigo.

«La clave de una perfecta amistad consiste en que los amigos se den a conocer mutuamente, dejando a un lado las reservas y mostrándose tal y como cada uno es.

»La primera etapa, pues, de la amistad divina es la revelación del mismo Jesucristo. En nuestra vida espiritual, haya sido tibia o fervorosa, se ha dado un elemento predominante de inconsistencia. Es cierto que hemos sido dóciles, que nos hemos esforzado por evitar el pecado, que hemos recibido la gracia, la hemos perdido y la hemos recuperado, que hemos adquirido méritos o los hemos desperdiciado, que hemos intentado cumplir con nuestros deberes y procurado mejorar y amar. Todo ello es cierto delante de Dios, pero no ha calado en nuestro propio ser. ¿Hemos rezado? Sí, aunque escasamente. Hemos hecho meditación: nos planteamos un tema, reflexionamos sobre él, hacemos un propósito y terminamos, siempre con el reloj a la vista para no alargarla demasiado.


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