El placer de ser libre: Temple y dominio

Antonio Fuentes Mendiola

PRÓLOGO

Cada libro tiene su historia, y este como es natural también tiene la suya. Importa conocerla para entender por qué me decidí a escribirlo. Hacía tiempo que venía dándole vueltas a la posibilidad de escribir algo sobre la virtud de la templanza. Sobre cómo ser verdaderamente libre y poder disfrutar de todo sin temores ni complejos. Pero, aunque sabía lo que quería, no sabía cómo enfocar el tema. Hay mucho escrito sobre él, aunque quizá de modo algo abstracto y académico. Yo buscaba dar con un lenguaje más directo y comprensible, enraizado en la vida misma. Me vino la idea con motivo de unas conversaciones que mantuve con unos amigos en dos escenarios distintos.

El protagonista del primero de ellos es un padre de familia numerosa. Me contó cómo a duras penas lograba llegar a fin de mes. Tenía que hacer auténticas filigranas. Entre matrículas y libros para los hijos se le iba buena parte del sueldo. En esta situación no se podía permitir ningún tipo de caprichos. Se puede afirmar que la suya era una auténtica economía de guerra. El día que nos vimos se quejaba de que sus hijos se mantuvieran en una longitud de onda muy distinta a la suya. Vivían a su aire, no eran conscientes del sacrificio que hacían sus padres para sacarles adelante. Influidos tal vez por sus amigos se habían vuelto comodones, caprichosos y un tanto contestatarios. No le daban valor al dinero, no se percataban del esfuerzo que se ha de hacer por conseguirlo.

«¿Qué hago con ellos, cómo hacerles entrar en razones?», me preguntaba. Y añadía: «Si les preguntas por qué se gastan el dinero a lo loco, te contestan con un “soy libre para hacer lo que quiero”. Y si además te atreves a preguntarles por qué compran esto o lo otro, te responden con un “porque me apetece”. No hay quien los saque de ahí». Todo esto lo decía apenado y triste. No exageraba. Pude comprobarlo días después cuando hablé con otros padres. Sus historias parecían clonadas. También a ellos les preocupaba la actitud respondona e irresponsable de sus hijos; tampoco ellos sabían qué camino tomar.

El segundo de estos escenarios se sitúa en la sede de un club juvenil. Entre las actividades programadas para ese curso habían incluido una para enseñar a los chicos el significado de palabras raras o de uso poco frecuente. Le habían dado a esta actividad un aire competitivo. El monitor se encargaba de estimular a los chicos para que respondieran en el menor tiempo posible. Un día, entre las palabras seleccionadas, salió la templanza. Al oírla, todos guardaron silencio. No sabían qué responder. Uno de ellos, más espabilado, se lanzó y dijo: «Pues yo creo que templanza es lo que no es ni frío ni caliente». Todos se rieron, les había hecho gracia la «sabia» respuesta del chico. No así al monitor, que con paciencia aprovechó para explicarles de qué iba eso de la templanza.

Comenzó diciéndoles que lo que no es ni frío ni caliente no puede ser más que «tibio». Y la templanza, como toda virtud, es algo positivo. Significa excelencia, dominio de sí, señorío; en cambio, la tibieza indica mediocridad, medianía, medias tintas. La templanza hace referencia a lo perfecto, mientras que la tibieza a lo inacabado, a lo imperfecto.


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