Caminar sobre las aguas

Benjamín González Buelta, S.J.

La cultura que respiramos

La cultura nos envuelve como el aire. No podemos respirar sin respirarla. Por todos nuestros sentidos se adentra en nuestra intimidad. Se hace caricia sobre la piel en la suavidad de las telas que vestimos y las cremas que nos ungen; aroma en los perfumes que compramos en los «Duty Free» de los aeropuertos; sabor en el brandy que hemos visto caer en la pantalla del televisor a cámara lenta girando en la copa de cristal; color seductor en los estantes de los centros comerciales bajo el juego de la luz que embellece la mercancía; música y voz viajando con nosotros en los transportes climatizados…

Sería pretencioso creer que podemos estar todo el día sumergidos en esta atmósfera que respiramos sin que se siembre en nuestra interioridad ni una sola de las semillas que transporta el aire. Los técnicos de la comunicación y del comportamiento humano han estudiado minuciosamente cómo entrar en nuestra casa sin que nos demos cuenta, con estímulos que a veces son subliminares. No es necesario que pretendamos ver nada. Los objetos de consumo nos miran a nosotros y nos persiguen donde quiera que vayamos. Tampoco hace falta que les indiquemos el camino. Ellos saben cómo moverse por núes-tras rutas interiores, pues son como los misiles inteligentes, que pueden cambian constantemente de rumbo hasta que impactan contra el objetivo que se desplaza de un sitio para otro. Las sensaciones nos perseguirán adonde quiera que vayamos.

No todo es consumo y seducción en la cultura. También hay tragedias que estremecen a los pueblos, como los terremotos de Haití o de Chile; protestas contra las cumbres en que se reúnen los jefes de las naciones más ricas; reportajes sobre situaciones humanas que urgen nuestra solidaridad; alternativas al mundo dominante que vivimos y propuestas de vida justa que se va abriendo paso cada día desde la audacia de su debilidad germinal. Pero, de alguna manera, todas estas noticias son transmitidas dentro del esquema de la sociedad de consumo. Se compran y se venden. Tienen dueño. Compiten. Buscan clientes. Se transmiten de forma que puedan impactar la sensibilidad del que las consume.

En medio de toda esta cultura tan estudiada para hacernos clientes y militantes, también alienta el Espíritu. Hay vida nueva buscando corazones donde alojarse. El Espíritu también encuentra el camino para encarnar su propuesta de vida nueva y hacerla llegar a nuestros sentidos, a veces incluso en las mismas imágenes que pretenden esconderlo. En el brillo de los ojos de un niño en medio del caos de la guerra en Afganistán, podemos sentir que hay Alguien que empieza a rehacerlo todo.

Necesitamos transformar nuestros sentidos para percibir la realidad de otra manera, las dimensiones escondidas que no son presentadas porque no interesan o porque no existen para los técnicos de la información y de la publicidad. La hondura de la realidad, donde Dios trabaja sin descanso, sólo es percibida por la sensibilidad que ha sido transformada en la contemplación. También necesitamos en determinados momentos buscar otros espacios ecológicamente sanos, para desintoxicarnos y recrear una intimidad al estilo de Jesús. Otras sensaciones llegarán a nuestros sentidos, nos transformarán, y podremos movernos por el mundo como una propuesta de vida alternativa más humana. Este es nuestro desafío y nuestra vocación fundamental.


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