Si quieres venirte conmigo

San Alfonso Maria de Ligorio

INTRODUCCION

Para poder entender el por qué de la penitencia, es preciso poder entender el por qué de la vida.

Hay muchos que dicen: “Dios es bueno, ¿cómo va a querer vernos sufrir? A Dios no le puede gustar vernos hacer penitencia, sino que seamos felices y nos lo pasemos bien”.

Es cierto que Dios quiere hacernos felices; pues precisamente para eso nos creó, para compartir con nosotros eternamente la gran felicidad que Él disfru­ta en el Cielo. Pero Dios es un Dios justo, y no puede dar la felicidad a cualquiera, sino que la dará como premio a los que se la ganen en esta vida.

Si Dios hubiera querido regalarnos la felicidad, no nos hubiera creado en este mundo, sino en la Gloria. No hay duda que Dios puede regalar el Cielo, y, cier­tamente, se lo regala a muchos niños que nacen y mueren bautizados sin apenas sufrir. Pero como El dijo a los Apóstoles, “en el Cielo hay muchas mora­das” (Jn. 14,2) y, según frase de Santa Teresa, es muy grande la diferencia que hay de la felicidad de unos a la felicidad de otros dentro del mismo Cielo. Cuanto más se haya amado a Dios en la tierra, más grande será la felicidad eterna de cada uno en el Cielo.

La Biblia, que es la palabra de Dios, nos asegura que “Dios recompensará a cada uno según sus obras” (Rm.2, 6; 2Cor. 11,15; 2Tm.4, 14r    1       Ped.   1.17; Ap.2, 23; 20,13; 22,12).

Según la Biblia, la gloria de cada uno en la eterni­dad del Cielo está estrechamente relacionada con los trabajos que haya sufrido en este mundo por el amor de Dios. Y no puede ser de otra manera.

Por eso, como Dios quiere que seamos allí muy felices, es por lo que en este mundo nos manda tan­tas cruces y trabajos. No es que a Dios le guste vernos sufrir; todo lo contrario: quiere que seamos muy felices y dichosos, y es por eso por lo que quiere que aquí suframos muchos trabajos, porque son indispen­sables para conseguir la gloria del Cielo.

Suframos, pues, los trabajos con gusto, porque Dios es muy generoso y paga mucho más de lo que merecemos. Nos lo dice la Escritura: “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación de aquella gloria que para siempre se manifestará en nosotros” (Rm.8, 18).

Es cierto que Dios nos creó para que seamos feli­ces; pero no en este mundo, sino en el Cielo. Y para conseguir el Cielo no hay más remedio que padecer y sufrir; porque, como dice la Biblia. “Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech. 14,22).

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