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La Virgen Madre

San Bernardo

Prólogo

 Aunque me impelía la devoción a tomar la pluma, las muchas ocupaciones me lo estorbaban. Sin embargo, ya que, impedido por mis achaques, no puedo al presente seguir con mis hermanos los ejercicios monásticos, este poquito de ocio que, aunque sea quitándolo del sueño, me dejan tomar por las noches, no quisiera pasarlo ociosamente. Quiero, pues, hacer prueba de emprender antes de todo una obra que muchas veces me ha venido al pensamiento; que es escribir las excelencias de la Virgen Madre, sobre la lección del Evangelio de San Lucas en que se contiene la historia de la anunciación del Señor. Y, aunque a la empresa de esta obra ni me obligue alguna necesidad de mis hermanos (en cuyos aprovechamientos estoy precisado a emplearme) ni me mueva alguna utilidad suya, con todo eso, siempre que ella no me impida estar pronto a acudir a cuanto necesiten, no me parece que deben llevar a mal que satisfaga en esto a mi propia devoción.

Fue enviado el ángel Gabriel…

1. ¿Qué fin tendría el evangelista en expresar con tanta distinción los propios nombres de tantas cosas en este lugar. Yo creo que pretendía con esto que oyésemos sin negligencia nosotros lo que él con tanta exactitud procuraba referir. Nombra, pues, el nuncio que es enviado, el Señor por quien es enviado, la Virgen a quien es enviado, el esposo también de la Virgen, señalando con sus propios nombres el linaje de ambos, la ciudad y la región. ¿Para qué todo esto? ¿Piensas tú que alguna de estas cosas esté puesta aquí superfluamente? De ninguna manera; porque si no cae una hoja del árbol sin causa, ni cae en la tierra un pájaro sin la voluntad del Padre celestial, ¿podría yo juzgar que de la boca del santo evangelista saliese una palabra superflua, especialmente en la sagrada historia que es Palabra de Dios? No lo pienso así: todas están llenas de soberanos misterios y cada una rebosa en celestial dulzura; pero esto es si tienen quien las considere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra y aceite del peñasco durísimo. Verdaderamente en aquel día destilaron dulzura los montes y manó leche y miel de los collados, cuando, enviando su rocío desde lo alto de los cielos y haciendo las nubes descender al Justo como una lluvia, se abrió la tierra alegre y brotó de Ella el Salvador; cuando, derramando el Señor su bendición y dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pingüe, salieron a encontrarse mutuamente la misericordia y la verdad y se besaron la paz y la justicia. En aquel tiempo también en que este no pequeño monte entre los demás montes, este bienaventurado evangelista, digo, escribió con estilo dulcísimo el principio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, como que, soplando el austro y rayando el sol de justicia más de cerca, se difundieron de él algunos espirituales aromas. Y ojalá que ahora envíe Dios su palabra y los derrita; ojalá que sople su espíritu y se hagan inteligibles para nosotros las palabras evangélicas, se hagan en nuestros corazones más estimables que el oro y las piedras más preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal.


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