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La Continencia

San Agustín

CAPÍTULO I

Exordio: la continencia sexual, virtud interior y don de Dios

1. Difícil tarea es analizar esa virtud que llamamos continencia en una forma de dignidad y conveniencia. Pero Aquel de quien es don generoso tal virtud sostendrá mi poquedad bajo tanta carga. El mismo que otorga la virtud a sus servidores cuando por ella pelean es quien otorga la palabra a sus ministros cuando de ella hablan. Resuelto, pues, a tratar tema de tan gran monta como Dios me dé a entender, comienzo diciendo y demostrando que la continencia es un don de Dios. En el libro de la Sabiduría leemos que nadie puede ser continente si Dios no le otorga la dádiva. Y, hablando de la continencia más perfecta y gloriosa, que renuncia al mismo vínculo conyugal, dijo Cristo: no todos entienden esa palabra, sino a quienes fue concedido. No guarda la castidad conyugal sino quien renuncia a todo prohibido comercio carnal. Ahora bien, al hablar de ambos estados, virginal y conyugal, nos enseñó el Apóstol que en ambos casos se trata de un don de Dios, diciendo: desearía que todos fuesen como yo; pero cada uno recibe de Dios su carisma; unos, de un modo; otros, de otro.

2. Para que nadie piense que tan solo es necesario esperar de Dios la continencia sexual, canta el salmo: coloca, Señor, una guarda en mi boca y una puerta de continencia a mis labios  Si en este testimonio de la palabra divina damos al término boca la máxima extensión, aparecerá como don de Dios la continencia de que allí se hace mención. De poco sirve apretar los dientes para que no broten de ellos palabras inconvenientes. Dentro se abre la boca del corazón, y para ella pide a Dios guardas y puertas el salmista al formular su petición y al consignarla para que la repitamos en nuestra oración. Hartas cosas hay que con la boca del cuerpo las callamos y con el corazón las gritamos. En cambio, no brotará palabra alguna de la boca de quien mantiene el corazón en silencio. Lo que dentro no suena, fuera no resuena. Lo que brota dentro, cuando es malo, mancha la conciencia, aunque no remueva la lengua. Allí hay que poner la continencia, donde incluso los mudos hacen hablar a la conciencia. En suma, la puerta de la continencia es la que impide que brote del interior algo que contamine la vida de la mente aunque estén sellados los labios de la carne.


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