mensajero

Maria Vallejo-Nágera

Primera parte

EL proyecto

Un extraño proyecto

LONDRES, 12 de septiembre 2001

Cambié la marcha del coche y aceleré sin apenas percibir que el semáforo de la esquina de Cromwell con Gloucester Road permanecía aún en color rojo.


Londres, ciudad de prisas y carreras, inmersa en su bullicio matinal de un miércoles cualquiera, era una amenaza mortal para una conductora soñolienta y despistada, incapaz de mantener la atención más allá de sus propios pensamientos.

—¡Borrega! —oí gritar a mi lado a un muchacho apuesto, engominado e impecablemente ataviado que, desde el interior de un deportivo del color de las olas, me lanzaba furiosas miradas de desprecio—. ¡Si no sabes conducir quédate en casa cuidando gatos!

«Vaya… —pensé sin poder evitar un bostezo—. El típico príncipe de la Bolsa londinense, agobiado por llegar tarde a la City, insultando y acordándose de mi madre… No es un buen comienzo para un día tan complicado como el que me espera.»

Recordé lo poco que había logrado dormir la noche anterior. Los nervios y el ansia por lo que me depararía el día siguiente me habían llevado a dar una y mil vueltas en la cama, hasta hacer tal número de arrugas en las sábanas, que se había hecho imposible tan siquiera conciliar una vaga pesadilla.

En las largas horas que llenaron mi insomnio, no dejaba de meditar sobre la posibilidad de enfrentarme a un peligro al emprender el arriesgado proyecto de entrevistar a un hombre cuyo pasado sería capaz de hacer huir en dirección opuesta a cualquier ser humano en sus cabales.

Albert Michael Wensbourgh, de cincuenta y dos años, corpulento, de ojos azules y manos de pescador, me esperaba al norte de Londres, preso de la misma curiosidad por conocerme que me invadía a mí por conocerlo a él.

Me inundaban ideas sobre cómo sería en persona, cara a cara, frente a una mujer joven y frívola como yo. ¿Me despreciaría a primera vista, tal vez? ¿Me atemorizaría sólo con mirarlo? ¿Podría fiarme de la información que había recibido de él y por la que sabía que era un hombre indefenso, un monje, como así me habían asegurado? Pero… ¿y si por el contrario la realidad era bien distinta? ¿Quedaría algo de la antigua sanguijuela calculadora y agresiva que un día había sido?

No podía evitar temer la posibilidad de que algo oscuro y amenazador pudiera enturbiar nuestro inminente contacto.

Me incorporé en la cama y tomé la pequeña fotografía suya que me habían enviado desde el Monasterio de María, Reina de la Paz, en las afueras de Londres.

Esa expresión astuta detrás de unos lentes pequeños tras los que se divisaba una indescriptible mirada azulada, y la boca su- gerente, con gruesos labios en los que se enredaba una extraña sonrisa, me enturbiaban el pensamiento haciéndome sospechar que ese hombre no era el inocente que pretendía ser.

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