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Leo J. Trese

Introducción

  ¡Qué triste debe ser la vida para quien no cree en Dios! Supongo que quienes gozamos del don de la fe desde la más tierna infancia no podemos saber lo que realmente pasa en la mente de un ateo. A veces, he tratado de imaginar lo que yo sentiría si no creyese en Dios. Me he visto contemplando el cadáver de un ser amado y diciéndome a mí mismo: «Bien, todo acabó; ya no eres más que un montón de carne y huesos…». También me he visto sufriendo dolores intolerables que no tendrían ningún sentido ni ningún valor, que no serían más que una burla cruel de una naturaleza ciega. Y he intentado intuir lo que sería una existencia sin una Ley Divina que orientara mi voluntad, libre de hacer lo que me viniera en gana, con el único freno de evitar el dar con mis huesos en prisión… ¡Con qué ansia febril trataría de arrebatarle a la vida lo que pudiera satisfacer mi egoísmo! ¡Qué noches de angustia pensando que en cualquier momento la nada absoluta podría caer sobre mí!

Seguramente, un ateo no piensa así porque si se dejara llevar de esta lógica aplastante dejaría de serlo enseguida… Por eso cuando la muerte le arrebata sus seres queridos no suele quemar los cadáveres y dispersar sus cenizas; los entierra ceremoniosamente y, si los lleva al horno crematorio, guarda cuidadosamente las cenizas en una urna. Y cuando se presenta la enfermedad la acepta como «ley de vida», pero no se suicida. No cree que exista una ley moral objetiva -sólo los «débiles» la aceptan-, pero cree en la «decencia» y «ama a la Humanidad»… en abstracto, por supuesto.

De hecho, no creo haberme topado jamás con un ateo auténtico. He encontrado gentes que decían no creer en Dios o en el otro mundo, pero tan agresivas al afirmarlo, tan ansiosas de encontrar argumentos, que daban la impresión de querer justificarse y aquietar su conciencia.

Una persona en la que la fe religiosa estuviese absolutamente muerta, dejaría que los demás creyesen lo que quisieran. Por eso, siempre he sospechado que es la esperanza lo que hace que tantos supuestos ateos traten de convertir a los demás a su «credo». ¿No será que no están satisfechos?… El humo que arrojan hace pensar que la hoguera de su fe sólo está adormecida y puede estallar en llamaradas en cualquier momento…


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