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P. Pedro José María Chiesa

PRESENTACIÓN

« La religión responde a la triple pregunta del cuadro de Gauguin: ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos? » 

En el medioevo los cristianos tenían afición por La leyenda do­rada, libro que recopilaba vidas de santos entremezclando hechos verdaderos con otros legendarios, pero sin precisar cuáles eran ver­daderos y cuáles legendarios, por lo que el discernimiento quedaba librado a la capacidad crítica del lector; y debo advertirte que algo parecido sucede con estas páginas repletas de anécdotas e ideas re­cogidas de homilías, conferencias, pláticas, libros y revistas… pues al igual que en La leyenda dorada, aquí también conviven realidad y ficción, y, como los años borraron de mi memoria la distinción entre lo real y lo ficticio, la veracidad de los episodios que se narren estará sujeta al juicio de tu sentido común.

Por otra parte, no puedo presentarte estas líneas sin referirme a los amigos de la ciudad de Mendoza, sitio donde desarrollé mi ac­tividad sacerdotal a lo largo de diez años. Fue un 3 de marzo de 1994 cuando llegué a esas tierras próximas al cerro Aconcagua (7.021 metros), marco geográfico que dio origen a estas páginas. Aquella mañana, en el vehículo que me llevaba a destino, comencé a dialogar con el pasajero que iba a mi lado:

—¿Cómo es Mendoza? ¿Cómo son los mendocinos? ¿Cuáles son sus virtudes?

—Los mendocinos tienen dos virtudes: el trabajo y la humildad.

—¿Por qué el trabajo? —pregunté.

—Porque antes de que llegase el mendocino a este oasis, la zona era desértica; y todos los maravillosos árboles, viñas y vegetación que deleitan nuestros ojos no son fruto de la Naturaleza sino del trabajo del hombre: el mendocino fue quien plantó este jardín, y se conserva porque el mendocino lo riega cada día.

—¿Y por qué humildes?

—Porque viven junto a la Cordillera de los Andes, y la Cordillera los «ubica».

Con el tiempo constaté estas dos virtudes mendocinas, especial­mente la segunda: la humildad. Yo había sido educado en el edificio de una ciudad de llanura (Rosario) y desde pequeño contemplé con «altanería» la ciudad a mis pies. Y al venir a Mendoza, ciudad enclavada en zona sísmica carente de elevados edificios, mis ojos se estremecieron ante los cerros monumentales y «altaneros» que me traían a la memoria el salmo:

Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¡qué es el hombre para que te acuerdes de él! 

En Mendoza descubrí dimensiones de mi vida que detentan rasgos esenciales a toda falta de humildad: la «desubicación» sobre quién soy, mi origen y fin; y la desubicación de pretender desplazar a Jesucristo de su lugar como «centro del cosmos y de la historia».


De modo que a Mendoza y a los mendocinos los tengo presentes por tantas lecciones que me brindaron a lo largo de una década, y al presentar estas páginas los saludo recordándolos con afecto.


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